Un amor no correspondido

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Un amor no correspondido

afro

Tengo el vicio de enamorarme de la piedra antes que del camino. Ir aprendiendo con los ojos cerrados que ir despistado encontrando mis errores a lo largo de él. Ir recolectando cicatrices, que sonrisas.

He tenido que acostumbrarme a la deriva de un corazón roto e ir descubriendo miradas tristes en cada atardecer en el que me voy.

Quemar página cada año no significa que todo el libro estará bien, sino que decidiste borrar la mancha del lugar del crimen.

Que todos tus errores quedaron en el pasado y que cada vez que te das vuelta a ver, hay alguien que aún no ha cerrado los brazos.

Hay alguien esperando. Pero luego te das cuenta de que no puedes regresar. Que todo depende de las circunstancias que te empujaron a donde estás el día de hoy.

Y él piensa que le estás dando la espalda, cuando en realidad te estás yendo. Cada vez más lejos. No sabes adónde, pero lejos.

Se queda quieto. Esperando una bala que le atraviese la tristeza y acabe con el dolor que provoca lo que nunca pasó y nunca será. “Ojalá algún día me ame como yo vivo recordándola”, se dice a sí mismo cuando, mirando el atardecer, se resigna y entiende que hay personas que no son como quieres que sean.

Igual las cosas. Igual la vida. Igual todo. Y, mientras camina pisando las hojas del frío otoño, pensando de si lo ama o no, sus lágrimas empiezan a teñir la tarde con la negrura de una noche infinita.

De pronto, oscurece. Hay grillos cantando. Lagos calmados que suenan con la suave brisa de un soplo de viento enamorado. Y se envuelve con aquella sonrisa que le cobijó más de alguna noche. Con aquella voz que calmó hasta el más fuerte de sus fantasmas.

Con aquellas manos que calmaron el infierno de una piel necesitada de una caricia. Con aquella mirada que le hizo temblar y sentir que era el dueño de algún mundo.

Entonces comprendes la dura realidad: de que el amor que das, podría no ser devuelto con la misma medida y calidad. De que el amor jamás se mendiga: ni los besos bien dados ni el buen sexo, ni los abrazos salvavidas ni las llamadas cuando sientes que todo carece de sentido, ni siquiera la estancia del otro en la vida de uno: quien quiera estar, siempre estará, aunque ambos estén a distancias abismales y los demás piensen que son unos ilusos por creer en ello. A veces el amor nos salva.

Otras veces, nos deja echando de menos un imposible. Y, cada noche, caemos en él. Como un vicio que te termina carcomiendo los huesos.

Y la ve irse por el mismo camino por el que vino algún día, mientras él espera volver a creer. En alguien. En algo. O en sí mismo. No lo sé. Pero volver a creer. 

“Un amor no correspondido”, Benjamín Griss

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