Hay un jardín que no aparece en ningún mapa, al que solo se ingresa cuando ya no queda otro camino. Tiene andenes sin trenes, faros apagados que igual alumbran, bibliotecas donde se guardan los comienzos que no tuvimos valor de empezar. Cada quien que llega lo recorre a su manera, y nadie sale exactamente por la misma puerta por la que entró.
Estas páginas no piden que se lean rápido. Piden que se lean despacio, como se camina cuando de verdad se quiere llegar a algún lado. Y piden, sobre todo, que el lector traiga las suyas: sus propias preguntas, su propia mochila, su propio jardín todavía por descubrir.
Bienvenido. El andén ya lo espera.
1. El vuelo que terminé
Quedaban cuarenta minutos de turno cuando el teléfono vibró en el bolsillo del chaleco, contra las costillas, como si también él supiera que no era buen momento. No lo miré. Estaba esperando que cuatro aviones aterrizaran y uno de ellos, un vuelo de carga, pedía descenso antes de tiempo por una alarma de presión que probablemente no era nada, pero que no podía quedarme de brazos cruzados para averiguarlo.
—Torre central, solicitamos permiso para aterrizar.
—Permiso concedido.
Mi voz salió exactamente como debía salir: plana, clara, sin ninguna grieta por donde pudiera colarse otra cosa. Es lo primero que se aprende en la torre y lo último que se olvida.
El cielo no perdona a quien se distrae, y menos a quien se
distrae por buenas razones.
El teléfono volvió a vibrar. Dos veces seguidas. Nadie llama dos veces seguidas para decir que todo sigue igual.
Miré el reloj de la sala, no el del teléfono. Las nueve y once de la noche. Hice un cálculo rápido, el mismo que llevaba haciendo toda la semana: si salía ahora, llegaría al hospital antes de las diez. Si esperaba a que terminara el turno, llegaría después de la medianoche. Elegí, sin decírmelo con esas palabras, la opción errada.
No fue negligencia. Quiero dejar eso claro, aunque ya no esté segura de a quién se lo estoy explicando. El supervisor de guardia era nuevo, llevaba once días en la sala y todavía
confundía el eco de un aviso con una emergencia real.
Si yo me iba, alguien iba a tener que sustituirme sin el tiempo necesario para hacerlo bien, y en mi cabeza —la cabeza que había construido durante quince años exactamente para momentos como este— eso pesaba más que una llamada de urgencia en el bolsillo.
Terminé el turno. Bajé ese vuelo sin un solo error, coordiné el cruce con dos vuelos regionales que insistían en disputarse el mismo pasillo aéreo, y firmé la hoja de relevo con una letra tan ordenada que el compañero que entraba me preguntó, en broma, si estaba bien.
—Perfectamente —dije.
Salí del edificio a las nueve y cincuenta y ocho. Tenía dos llamadas perdidas de mi tía Rosa y un mensaje de texto que no llegué a abrir hasta que estuve sentada en el coche, con las manos todavía en la posición exacta en que las dejas sobre el volante antes de arrancar, como si ese gesto pudiera protegerme de lo que ya sabía que decía el mensaje.
Decía lo que ya sabía que iba a decir.
Mi padre, Ernesto Duarte, expiloto de líneas comerciales, un hombre que pasó media vida mirando el mundo desde arriba y la otra media contándomelo desde una butaca reclinable con el mando de la televisión en la mano derecha, había muerto a las nueve y catorce de la noche. Tres minutos después de que yo autorizara un aterrizaje con una voz perfectamente plana.
No lloré en el coche. No lloré en el hospital, donde una
enfermera me abrazó como si eso fuera lo debería hacer,
aunque yo no supiera devolver el abrazo con el mismo peso con que lo recibía. No lloré organizando el funeral, ni eligiendo las flores, ni eligiendo el ataúd con una calma que la encargada de la funeraria elogió dos veces, como si estuviese eligiendo un vestido de fiesta.
Lo que hice, en cambio, fue una lista.
La lista de siempre:
Llamar al notario.
Avisar a las hermanas de mi papá.
Decidir qué corbata le colocaría.
Confirmar el catering.
Escribir tres líneas para el sacerdote que no lo conocía y necesitaba saber quién había sido mi padre en menos de un minuto.
Tache tras tache. Cada tache era un lugar donde no tenía que sentir nada, solo resolver, y yo resuelvo bien, siempre he resuelto bien, es lo único que sé hacer con una emergencia: convertirla en tareas.
La noche del funeral me quedé sola en la casa de mi padre, ordenando cajas que nadie me había pedido que ordenara.
Encontré su antiguo gorro de piloto, la insignia despegada de tanto guardarla y sacarla, y un avión de juguete de metal que yo reconocí antes de tocarlo, con esa clase de reconocimiento que no pasa por la memoria sino directamente por el estómago.
Me senté en el suelo con el avión en la mano. Por primera vez en cinco días, no tenía ninguna tarea pendiente. Ninguna lista. Nada que resolver.
Y entonces, solo entonces, algo cambió.
No sé explicar lo que pasó después con precisión, y eso ya es raro en mí, que llevo toda la vida explicando las cosas con precisión. Recuerdo el peso del avión de metal enfriándose en mi mano. Recuerdo que cerré los ojos porque me pesaban de un modo que no tenía nada que ver con el sueño. Recuerdo un olor a hierro y a tierra mojada, aunque el piso de mi padre no olía a ninguna de las dos cosas.
Y recuerdo, sobre todo, el sonido de un tren que no debería haber podido oír desde un séptimo piso en el centro de la ciudad.
Cuando abrí los ojos, ya no estaba en el suelo del salón de mi padre.
Estaba sentada en un banco de madera, en un andén que no reconocía, bajo un cartel que cambiaba de horario cada vez que yo dejaba de mirarlo.
2. El Último Andén
Lo primero que hice fue buscar mi teléfono. No estaba.
Lo segundo fue ponerme de pie de un salto, con esa urgencia estúpida de quien cree que, si se mueve rápido, el mundo tendrá que explicarse rápido también. No había nadie detrás de la ventanilla de la estación, solo una lámpara encendida sin ninguna bombilla que la sostuviera.
El aire olía a algo que ya había pasado. No sabría decir a qué exactamente —a lluvia sobre asfalto caliente, a una casa que alguien acaba de dejar, a un perfume que ya no se fabrica—, pero olía, sin ninguna duda, a algo que ya había pasado.
Las vías estaban vacías. El cartel de horarios, un panel
mecánico de esos con letras que giran y encajan con un
chasquido, marcaba las 03:14 de un tren sin destino escrito. Cuando volví a mirarlo, dos segundos después, ya marcaba una hora diferente.
—No va a decírtelo antes de que lo necesites saber.
No había oído acercarse a nadie. Al otro lado del banco, alguien se había sentado sin hacer ruido, con las manos cruzadas sobre las rodillas y la mirada puesta en las vías, como si llevara ahí más tiempo del que yo llevaba despierta. No llevaba maleta. No llevaba reloj. Apenas llevaba nada: una chaqueta gris que parecía hecha del mismo material que la niebla, y una expresión tan tranquila que, por comparación, la mía debía de parecer un volcán.
—¿Quién eres? —pregunté, y me sorprendió que mi voz sonara casi normal, apenas un poco más aguda de lo habitual.
—Depende de quién lo pregunte.
—Yo lo pregunto.
—Entonces todavía no lo sabes.
No supe si reírme o exigir una respuesta de verdad. Elegí quedarme callada, porque exigir respuestas nunca me había funcionado con nadie que no llevara un uniforme y un reglamento, y esta persona no llevaba ninguna de las dos cosas.
—¿Este tren va o viene? —pregunté al fin, señalando las vías vacías, porque necesitaba preguntar algo que sonara a pregunta de verdad, algo con una respuesta correcta.
—Depende de quién lo pregunte.
—Ya me lo has dicho.
—Y sigue siendo cierto.
Me senté otra vez, más despacio esta vez. El frío del banco me atravesó el abrigo, y ese frío, extrañamente, fue lo primero que sentí como del todo real desde que había cerrado los ojos en el piso de mi padre.
—Necesito saber dónde estoy —dije, y esta vez sí sonó a lo que era: una orden disfrazada de pregunta, la misma voz que usaba en la torre para bajar aviones.
Mi acompañante no se inmutó.
—Estás en el Último Andén. Aquí ocurren las despedidas que todavía no se han terminado de ocurrir.
Algo en mi pecho se cerró como un puño.
—Yo no vengo a despedirme de nadie.
—Eso lo decides tú. Yo solo te digo dónde estás.
Miré otra vez el cartel. Ya no marcaba una hora: marcaba una pregunta, escrita con las mismas letras giratorias, como si el propio horario hubiera decidido dejar de fingir que sabía algo. Decía:
¿Cuánto tiempo llevas sin llorar por algo que sí te dolió?
—Esto es ridículo —dije, y me puse de pie otra vez.
—Puede ser. O puede que sea la primera pregunta honesta que te hacen en mucho tiempo.
Caminé por el andén sin rumbo, solo para moverme, para no quedarme sentada frente a un cartel que hacía preguntas. A los pocos metros, algo blanco cruzó el aire delante de mí. No era un pañuelo ni un papel arrastrado por el viento: era una mariposa doblada, de un papel tan fino que se veía la luz a través de sus alas, y volaba con la torpeza precisa de algo hecho a mano por alguien que no pensaba en otra cosa mientras la hacía. La seguí con la mirada hasta que se perdió entre las vías.
Cuando me volví, mi acompañante seguía en el banco, observándome con una paciencia que no pedía nada a cambio.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté, ya sin esperar una respuesta directa.
—Aquí me llaman el Silencio. No porque no hable, sino porque casi nunca hace falta.
—Pues has hablado bastante.
—Contigo, sí. Eso también significa algo.
No supe qué hacer con esa frase, así que la guardé, del mismo modo en que guardaba antes los datos de un vuelo que todavía no necesitaba usar. Miré las vías, el cartel, la niebla que no terminaba de ser niebla del todo. En algún lugar, más allá de la estación, se adivinaba un resplandor tenue, como el de una ciudad que respira aunque nadie la mire.
—¿Qué hay allí? —pregunté.
—Todo lo demás. Pero para llegar tendrás que dejar de esperar el tren.
No dije nada. Me até bien el abrigo, aunque no hacía tanto frío como para justificarlo, y empecé a caminar hacia el resplandor, sin boleto, sin plan, sin la menor idea de adónde me llevaba aquello. Detrás de mí, el Silencio no se movió. Y tampoco hacía falta.
Carta desde el andén
No busques el horario. Va a cambiar cada vez que dejes de mirarlo, y está bien que sea así: nadie llega a este lugar sabiendo cuánto va a tardar en irse.
Hay despedidas que se terminan en un segundo y despedidas que tardan años en cerrarse del todo. Ninguna de las dos formas es la equivocada.
Un tren que tarda no es lo mismo que un tren que no va a llegar. Confundir esas dos cosas es fácil, sobre todo cuando se lleva mucho tiempo esperando en el mismo lugar.
Antes de seguir camino, vale la pena preguntarse:
¿de qué llevo tanto tiempo despidiéndome sin terminar de hacerlo?
